Islas Galápagos, uno de los lugares más fascinantes del mundo

Islas misteriosas

El archipiélago de las Galápagos está situado a casi 1.000 km de la costa de Ecuador, país al que pertenece, y los forman 13 islas principales y una miríada de islas e islotes que ocupan 8.010 km2. Casi la totalidad de dicho territorio ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad y, desde luego, no es por casualidad. En ningún otro punto del planeta se dan tantos factores de excepcionalidad: un paisaje volcánico que parece de otro mundo, playas de belleza inconmensurable, especies vegetales y animales que sólo allí pueden verse, una tormentosa historia sembrada de visitas de piratas y bucaneros y un entorno que parece diseñado por un maestro del arte de la biología para que el visitante viva intensamente la experiencia de una inmersión en una naturaleza incontaminada.

Un archipiélago oceánico

Las Galápagos jamás estuvieron unidas al continente. Se formaron encina de un punto caliente o pluma térmica, en pleno océano Pacífico, a causa de la erupción sucesiva de una serie de volcanes, el más antiguo de los cuales tiene unos 5 millones de años y el más reciente, 700.000. Son dichos volcanes, por tanto, el elemento esencial de un relieve que, por lo demás, alcanza apenas los 1.689 m. de altitud en Cerro Azul, en el sur de la isla Isabela; pero no lo son sólo en lo que afecta a la configuración general de las islas, sino en algo mucho más esencial. En efecto, las cordadas de lava actúan como muros que dividen el interior del territorio y, por tal causa, se han establecido áreas geográficas que han aislado a los organismos vivos, fomentando la división en especies y subespecies. Por tanto, podría afirmarse que el relieve es, en las Galápagos, motor de la evolución.

De hecho, la vida estuvo ausente del archipiélago durante siglos. Pero, poco a poco, comenzaron a llegar especies del continente; tal cosa fue muy difícil en ciertos casos, por ejemplo, en el de los mamíferos, dotados de menos movilidad que las aves o los insectos. Quizás los reptiles llegaron a bordo de troncos o maderos flotando en el océano. En cuanto a las plantas, las aves transportaron las semillas en las patas o en las alas; las más ligeras las llevaron las corrientes aéreas, como sucedió con muchos insectos.

Es posible que algunas de las especies más características de las Galápagos alcanzaran las islas por sí mismas, como las tortugas, con sus enormes caparazones capaces de flotar. Pero lo maravilloso no es cómo llegaron, sino cómo las que llegaron después se instalaron en los sitios libres. Buscaron luego sus parejas y, al no mezclarse con sus vecinos, evolucionaron desde un antepasado común hasta nuevas especies y subespecies distintas entre sí, que adaptaron sus características a las condiciones que encontraron; así, por ejemplo, los pinzones de las Galápagos que tienen el pico fino y agudo son los que se alimentan de insectos, y lo tienen recio y corto los que comen semillas y bayas, de dura corteza que a veces tienen que abrir para extraer la pulpa comestible.

Piratas, bucaneros y científicos

Esta diversidad biológica fue lo que atrajo la atención de Charles Darwin, que llegó al archipiélago en el año 1835 a bordo de Beagle. Darwin apenas estuvo cinco semanas en las islas, pero fueron suficientes para sembrar en él la inquietud intelectual que le llevó a formular su teoría de la evolución, que publicó en 1859 en su obra El origen de las especies y que cambió el curso de la ciencia moderna.

Pero el gran científico británico no fue sino el enésimo visitante del archipiélago en una época en la que, sin embargo, casi nadie se acercaba a unas tierras a las que se tardaba dos días en llegar, pero de las que, a causa de las fuentes corrientes marinas, no se salía con menos de tres semanas de navegación. El archipiélago fue descubierto en 1535 por fray Tomás de Berlanga, que lo visitó en el transcurso de una expedición exploratoria de las costas ecuatorianas. El fraile, asombrado, consignó la existencia de más de medio millón de tortugas gigantes. En el español de aquella época, la palabra “galápago” era sinónimo de “tortuga”, y de ahí procede el nombre con el que se denominaron las islas.

Durante años, las Galápagos fueron una especie de tierra de nadie en la que hallaban refugio, piratas y bucaneros, que acudían a ellas, según las leyendas, para repartir su botín. Uno de los más famosos fue el británico Anthony Crowley, que, además de pirata, fue un insigne historiador que nos dejó muchas noticias sobre las islas. Pero hasta fines del siglo XIX los visitantes más asiduos de estas tierras fueron los tripulantes de los balleneros, que acudían a las islas a buscar alimentos con los que llenar sus bodegas, episodios que demuestran que la depredación de este santuario de la fauna no es exclusiva de los tiempos modernos. Actualmente, hay especies en riesgo de extinción, pero lo están sobre todo por los animales introducidos por el hombre, como peros y cabras, que sobreviven a costa de la fauna local.

El reino de lo insólito

Se denominan especie o género endémicos a los que permanecen restringidos a un área concreta, con exclusión de cualquier otro lugar. Pues bien: en las Galápagos son endémicas unas quinientas especies vegetales, los dos tercios de las aves terrestres, casi todos los reptiles, el veinte por ciento de los peces y hasta una rapaz: el busardo de las Galápagos.

Para el visitante que llega de tierras lejanas lo endémico es lo insólito, y no es de extrañar que la visita se desarrolle en un estado de permanente encanto y admiración. En las islas bajas, la mirada se pierde en los inmensos campos de lava plomiza, de los que emergen, surrealistas, grandes nopales de hojas redondas, carnosas y cuajadas de espinas y flores rojo sangre. De vez en cuando, bordeando la costa, surgen bosques de palosanto, árbol que se llama así porque florece en Navidad.

En las islas más altas la selva es mixta, y el lechoso, de blanquísimas flores, eleva sus doseles, altos y cerrados por encima de los árboles vecinos. En las zonas más húmedas, entre 200 y 500 m de altitud, abundan, especies de deliciosos nombres andinos: matasanos, uñas de gato, guayabillos, huicundos o rodillas de caballo.

Desde los cerros que coronan la isla Isabela se contemplan límpidas playas en las que dormita una multitud de leones marinos, un animal que es bien extraño encontrar en estas islas, pues procede de hábitats glaciales. Pero lo mismo sucede con los pingüinos de las Galápagos, que pasean su extraña silueta justo allí donde rompen las olas; al parecer, ambas especies llegaron de la Antártida y alcanzaron su nuevo hogar dejándose llevar por la corriente de Humboldt, que bordea las costas americanas al sur de las Galápagos.

En la isla Española son las aves las que llaman la atención del visitante, como el espléndido albatros y el delicioso piquero de patas azules: son más de 80 especies que iluminan los árboles con sus vivos colores, entre ellos los pinzones de Darwin, así llamados en honor del insigne científico, que los convirtió en la enseña de sus estudios evolutivos. Bajo las aguas tropicales, más de 300 especies de peces hacen las delicias tanto de los aficionados a la inmersión como de los oceanógrafos: ballestas, ángel, cirujanos, tiburones y peces martillo se mueven en un entorno rico en anémonas, corales, esponjas y estrellas de mar.

Pero lo que hace que el viajero que llega por primera vez a las Galápagos no salga de su asombro es la increíble docilidad de la fauna, que se le acerca y acepta comer de su mano sin temor alguno. Los expertos afirman que este fenómeno es normal en islas de colonización tardía, y la razón es que los animales no han tenido tiempo de reconocer al hombre como a su principal depredador.

Supervivientes

Pero los animales que más llaman la atención entre los que pueblan las islas son los reptiles. Las iguanas marinas, de piel negra y roja, son únicas en el mundo; Darwin las llamaba “los pequeños genios de la noche”. Pueblan las rocas de lava vecinas a la costa, manteniéndose inmóviles por completo hasta que alguien se les acerca. Están perfectamente adaptadas a la vida marina, pues se alimentan de algas, que comen bajo el mar, y nadan usando la cola a modo de timón. Aunque las iguanas de tierra parecen sus hermanas, se trata, en realidad, de una especie distinta; éstas tienen la piel negra y amarilla y se alimentan de higos chumbos o tunas. Ambas, sin embargo, comparten el territorio, aunque la iguana de tierra prefiere las zonas más áridas de las islas y habita en madrigueras de quince o veinte centímetros que ella misma excava.

Por los caminos y los prados de la isla de Santa Cruz transitan, cachazudas, las tortugas gigantes, en completa libertad; pueden admirarse a placer desde el cerro Crocker, una espléndida atalaya natural de 860 m de altitud. Y es entonces, al contemplar estos espectaculares supervivientes de las eras prehistóricas cuando no se puede evitar un lamento por los miles de ejemplares perdidos a causa de la inconsciencia humana: apenas quedan 15.000 individuos de la ingente cantidad que poblaba las islas cuando fueron descubiertas, y tres especies endémicas han desaparecido.

Parque Nacional de las Islas Galápagos

Extensión: 6.912 km2.

Fecha de fundación: 1935. Incluido por la UNESCO en la lista de Bienes Naturales del Patrimonio de la Humanidad en 1978.

Localización: En pleno océano Pacífico, a 972 km al O de la costa de Ecuador.

Clima: De tendencia tropical, pero influido por la corriente fría de Humboldt; la temperatura media anual es de 23,8ºC, con poca variación estacional. Las lluvias pueden oscilar entre 3.000 mm en un año lluvioso y 100 en uno seco.

Ecología: Se han censado 700 especies de plantas vasculares, de las cuales 500 son endémicas del archipiélago; entre ellas destacan el lechoso, del que existen más de 20 variedades; el mangle blanco y el palosanto. Hay 306 especies de peces, 80 de aves, 22 de reptiles y 11 de mamíferos. Entre sus habitantes más emblemáticos destacan las tortugas gigantes del género Geochelone y las iguanas terrestre y mariana.

La tortuga gigante. Un pausado grandullón

La espuma de las olas salpica las ásperas rocas de la costa de la isla de Santa Cruz. Un grupo de iguanas marinas toma el sol, inmóvil, como anclado a la roca; a escasa distancia, unos ejemplares jóvenes se afanan en mordisquear las algas que crecen bajo la superficie del agua mientras evitan ser golpeados contra las rocas por la fuerza de la rompiente. Es una escena única, exclusiva, que sólo se puede observar en estas islas, las Galápagos, pedazos de tierra volcánica que, con apenas 5 millones de años de historia, se convirtieron, durante el siglo XIX, en uno de los lugares de mayor relevancia mundial para el desarrollo de la ciencia.

Caminando en dirección a las tierras del interior insular aparecen las nutridas colonias de piqueros de patas azules y, más hacia las colinas, los áridos territorios por los que pululan las grandes iguanas terrestres. De repente, el medio se hace menos inhóspito. El calor se atenúa y, con el frescor de las alturas, la vegetación aumenta e incluso es posible encontrar algunas charcas o lagunillas de aguas dulces. Es allí donde se concentran las pequeñas aves conocidas con el sobrenombre de “pinzones de Darwin” y donde, a esas horas en las que el calor del mediodía se hace casi insoportable en las zonas bajas, se refugian los reptiles más conspicuos de este archipiélago: las tortugas gigantes.

Costumbres fijas

Estos habitantes de las islas se cuentan entre los reptiles más grandes de la Tierra. Pueden pesar más de 300 kg y su caparazón supera fácilmente los 120 cm de longitud. Su aspecto es el de un personaje torpe y cachazudo, de costumbres regulares y  hábitos conservadores.

A primeras horas, con el fresco de la mañana, las tortugas inician su actividad. El sol aún no ha tenido tiempo de calcinar las grandes coladas de lava solidificada, de manera que los quelonios se encuentran cómodos en las zonas bajas de las islas. Allí, en aparente inmovilidad, dejan que los rayos del astro rey calienten su caparazón y eleven su temperatura corporal, que había descendido durante la noche, para que se reactiven sus funciones vitales y su organismo se disponga para la actividad que va a desarrollar durante el día. Pero a medida que el día avanza, el calor comienza a ser excesivo. Así, las grandes tortugas inician su periplo diario. Poco a poco, comienzan a moverse. Sus recias patas se yerguen y levantan el peto inferior, mientras el animal se desplaza a la desesperante velocidad de 300 metros por hora.

Con gran parsimonia pero con una clara y definida decisión, comienzan el corto trayecto que las conduce desde las zonas más bajas hasta las partes elevadas de las islas por unas sendas fijas perfectamente establecidas que, con el paso de los años, se han convertido en elementos integrantes del paisaje. Allí, junto a las charcas de aguas dulces, las tortugas parecen haber encontrado el lugar ideal para pasar las horas centrales del día, dedicadas por completo a la alimentación y a la higiene corporal.

La coevolución entre las diferentes especies que llegaron a colonizar estas islas y que se han ido diversificando desde el mismo instante de su llegada ha dado como resultado la aparición de singulares relaciones entre ellas. Así, en las labores de limpieza corporal, las tortugas gigantes se ven auxiliadas por unos pequeños pajarillos, que introducen el pico en los pliegues y las partes escondidas del caparazón de los grandes quelonios y eliminan todos los parásitos que encuentras en sus inspecciones corporales.

Los baños de agua dulce también contribuyen a la higiene corporal de las grandes tortugas de las islas Galápagos, actividad que parece encantarles, a tenor del interés con el que remojan sus grandes corpachones en los pequeños planos de agua de lluvia de las partes altas de las islas. Pero también calmar la sed es importante. Con el cuello estirado hacia el agua, la tortuga sumerge su cabeza casi por completo en el líquido y la mantiene así durante un buen rato mientras bebe. Su gran tamaño la protege contra cualquiera de los predadores que intenten molestarla o poner en peligro su vida.

Poca delicadeza

La tranquilidad que domina la vida de las grandes tortugas de estas islas sólo se ve alterada por la aparición de alguna hembra en período de celo, que en esta especie, a diferencia de lo que sucede en otras, no queda restringido a una época concreta del año. Sin embargo, y aunque pueden estar receptivas en todo momento, el número de hembras en celo es algo mayor entre enero y agosto, y es precisamente durante este período cuando se pueden contemplar el singular comportamiento del cortejo que realizan los grandes y pesados machos.

Las tortugas gigantes de las Galápagos poseen un sentido del olfato extraordinariamente desarrollado, y es muy frecuente ver cómo los machos mantienen la cabeza elevada mientras olfatean el aire en busca de cualquier indicio de que alguna compañera se encuentra dispuesta al apareamiento. Y cuando la encuentran comienza un ritual complejo y poco refinado, mediante el cual los galanes rivalizan por hacerse con el derecho a cortejar a su hembra. Enfrentados cara a cara, los machos estiran el cuello en toda su longitud y levantan la cabeza hacia el cielo hasta adoptar una postura muy parecida a la que muestran cuando intentan alcanzar los espinosos frutos de los nopales, que constituyen una buena parte de su dieta. En esta ocasión, la finalidad del estiramiento es muy diferente. La jerarquía entre ellos viene determinada por la altura alcanzada, de manera que cuanto más largo es el cuello de un macho más posibilidades tiene de aparearse, de ser el padre de la próxima generación de crías de la hembra en disputa.

Cuando los rivales asumen el resultado, el macho vencedor se dirige a la hembra y comienza el cortejo, en el que el factor determinante parece ser la capacidad de intimidación. Lo primero que hace es golpear una y otra vez el caparazón de la hembra con su gran corpachón mientras mantiene el cuello completamente extendido.

Estos golpes parecen atemorizar a la hembra, que intenta recluirse en el interior de su coraza protectora para ponerse a salvo de los envites del pretendiente. Tras unos cuantos empellones, el macho se dedica a mordisquear las patas delanteras y traseras de la hembra hasta que logra que las mantenga completamente replegadas y escondidas, y sólo cuando ella ha adoptado la posición deseada, el gran macho alzará sus patas delanteras y se apoyará sobre el dorso de su resignada compañera mientras su órgano copulador descarga el esperma en el interior del tracto genital femenino.

Peligros infantiles

Finalizado el rudo cortejo con la cópula, ambos individuos se separan. La hembra inicia ahora un período de maduración que concluirá con la puesta de entre dos y dieciséis huevos de color blanco. Para depositarlos, y siguiendo su natural tendencia a mantener unas costumbres fijas, se desplazará hasta el mismo lugar en el que realizó la puesta en la temporada anterior y, una vez allí, volverá a excavar un nido en el mismo terreno, con ayuda de sus poderosas patas posteriores.

Los huevos son depositados en el hueco y cubiertos de nuevo con la tierra extraída del mismo; permanecerán en incubación durante un período de tiempo que oscila entre los tres y ocho meses. Esta diferencia en la duración del desarrollo embrionario está directamente relacionada con las características climáticas de la temporada. Si ese año las temperaturas resultan frescas, el período de desarrollo embrionario será largo. Además, y como sucede en muchas otras especies de quelonios, una temperatura de incubación más fresca provoca la aparición de una proporción más elevada de machos, mientras que, cuando la temperatura es elevada, son las hembras las más abundantes en las puestas.

De cualquier modo, los pequeños tortuguinos no abandonan el nido nada más salir del huevo, sino que permanecen enterrados durante algunos días, hasta que disponen de las fuerzas suficientes para ascender por la tierra que los cubre y alcanzar la superficie.

Es entonces cuando las crías se enfrentarán a los mayores peligros. Numerosas aves, entre ellas el busardo las Galápagos, la única rapaz de las islas, se ceban en las tortugas recién nacidas, cuyo caparazón aún no ha alcanzado la dureza del de los adultos, de manera que la mortalidad es elevadísima. Se calcula que la mayor parte de las tortugas gigantes mueren antes de alcanzar los 10 años de vida, época en la que aún no han podido dejar descendencia ya que no alcanzan la madurez sexual hasta los 25 años.

Características de las tortugas gigantes

Nombre científico: Geochelone nigra.

Tamaño: Pueden superar los 125 cm de longitud.

Peso: Los machos pueden superar los 300 kilogramos. Las hembras suelen ser algo menores.

Longevidad: Pueden superar los 150 años de edad.

Alimentación: Se alimentan de materia vegetal, que incluye hojas de arbustos, hierba, frutos y semillas.

Reproducción: El número de huevos por puesta oscila entre los 2 y los 16. Hábitat y distribución: Islas Galápagos, Ecuador.

Compartir

Viajar con Vagamundos es mejor